Luis Narváez: el guerrero que dejó su alma en cada estadio de Colombia

Aunque el fútbol se encarga de dejar en la historia a los jugadores habilidosos, esos que hacen magia con el balón y arrancan alegrías a las multitudes, es importante darle un justo reconocimiento a aquellos jugadores que no cumplen estas características, pero que cumplen con una labor silenciosa de mantener al equipo y al club en momentos difíciles, donde un detalle puede definir un partido, o un título.
En esa categoría se encuentra Luis Narváez, un volante que tuvo la pierna fuerte como su principal herramienta, que no era un virtuoso sino un luchador. De esos que se necesitan cuando los momentos díficiles aprietan y no alcanza solo con el juego bonito. Narváez fue esa pieza medular que cortó muchos avances, que evitó jugadas que terminaran en goles, que contagió con su entrega a sus compañeros para ganar partidos.
A pesar de nacer en el barrio El Bosque, uno de los barrios más icónicos de Barranquilla, su carrera inició lejos del club de sus amores, concretamente en Unión Magdalena. De ahí pasó al Cúcuta y finalmente llegó al tiburón en 2011, cuando ya contaba con 27 años de edad. En su primer semestre disputó la final, pero tuvo un desenlace agridulce: a pesar que el equipo pudo conseguir la séptima estrella ante Once Caldas, Luis solo pudo disputar 23 minutos, puesto que sufrió una lesión en el primer partido disputado en el metro.
En los ocho años que duró en Junior, Luis Narváez cumplió con su función y siempre fue tenido en cuenta por cada técnico que pasó por el tiburón en los últimos tiempos. Su trabajo no era vistoso, pero era necesario. Y cuando debía dar una mano en el ataque, lo hacía: gracias a él Junior logró sacar un resultado positivo ante Tolima en 2013, con un cabezazo que estableció el empate en el último minuto. No sería la última vez en el que el volante barranquillero se convertiría en héroe en esa plaza tan díficil, que se transformó en una especie de segundo hogar.
Su momento más difícil llegó en 2016, cuando sufrió una lesión de ligamentos en la rodilla derecha, lo que le impidió jugar en el primer semestre de 2017. A pesar del duro momento, Narváez no se rindió y regresó de la mejor forma, justo en el momento más glorioso de la historia del club: volvió a la titular para no soltarla más, y estuvo presente en las cuatro conquistas que ha logrado el equipo en estos últimos dos años. Así mismo, también fue partícipe de la final de la Copa Sudamericana ante Atlético Paranaense.
El 2019 fue su más destacado año: no solo porque disputó 45 partidos (su segunda mejor temporada en cuanto a presencias), sino porque aumentó su cuota goleadora, alcanzando nada más y nada menos que 9 goles: 6 en el primer campeonato (fue el máximo goleador del equipo) y tres en el segundo, convirtiendose en el máximo artillero de la temporada. Sin duda fue uno de los grandes protagonistas del tiburón en este año que finaliza, en el que consiguió dos títulos y llegó a tres finales.
Luis Narváez quedó en la historia de Junior. Todo lo que logró será recordado por una nueva generación de hinchas que ven en él a un hombre que supo defender los colores del club que ama. No necesitaba marcar muchos goles ni esquivar rivales: debía dejar el alma en la cancha, como cada hincha que deja su aliento en la tribuna. Cortar las opciones rivales, hacer presencia en su zona, hacerle ver a los rivales que la tendrían muy difícil para atacar la defensa. Silenció estadios en Medellín, Ibagué, Cali, Bogotá, en donde dejó impronta de su característico baile de champeta.
Gracias Luis por tus 302 partidos, por tus quince goles, por tus seis títulos. Pero aún más importante, gracias por demostrar que en los equipos pueden jugar hinchas, personas que realmente aman el club, y que pueden dejar en alto el nombre de la institución en cada lugar a donde vaya.



